...
Alrededor de las dos, con fuerzas renovadas por la mezcla del champán y el entusiasta asesoramiento de Clhoe, encontré el vestido perfecto. Cuando me di la vuelta para mirarme en el espejo del probador improvisado, supe al instante que no había otro igual.
Era un modelo de vuelo de los años cincuenta con un discreto escote en forma de corazón en el cuerpo de encaje y mangas diminutas que me rozaban los hombros, sin apenas cubrirlos. Al balancearme de un lado a otro, las gruesas enaguas se movían con efecto retardado. Descorrí una pizca la cortina y me asomé buscando a Chloe, que estaba hincándole el diente a un brownie casero.